miércoles, 27 de febrero de 2013

De chicles y locos.

Era un día 26, ahora lo recuerdo. Se me ocurrió de repente salir a la calle en pijama, buscando cualquier pretexto para no volver a mi cama. Calzaba unas zapatillas horrendas que acabé tirando al año siguiente, como un símbolo de celebración que me recordase que nunca más volviera a caminar a ciegas.

Fui hacia el parque, donde los almendros abrieron sus frutos solo para mí. Y ahí fue cuando te encontré también en pijama, tirado sobre la hierba, mascando chicles de colores que olían fuertemente a primavera. 'Cada loco con su tema', pensé. Te pregunté qué hacías en pijama, y tú me miraste divertido, de arriba hacia abajo, deteniendo tu mirada minuciosamente en mi pelo, escrutando cualquier indicio de carencia mental.

- ¿Y qué pasa contigo? ¿Tampoco tenías nada que ponerte esta mañana?
- Es de noche, idiota. Puedo salir de esta manera si me apetece. Nadie me prestará la más mínima atención.

Miraste hacia otro lado, escupiste el último chicle azul que te quedaba y dijiste:

- De todos modos, esto es solo un sueño...
- ¡Un sueño muy hermoso, a mí parecer!
- Estás majareta...
- Y tú vas en pijama... ¡Dime a mí quién está más loco de los dos!

Efectivamente, se trataba de un sueño. Y volví a encontrarme con dicho personaje hasta cinco veces más en aquel parque, aquella esquina inexistente donde iban a parar las extravagancias más exuberantes que nunca llegaban a suceder en mi vida real.

Tres años más tarde te conocí a ti. En un parque, leyendo un libro, sacándote, cuidadosamente, cera de tu oreja derecha, mascando chicle azul. Me senté a tu lado, pero ni percibiste mi presencia. Las palabras de Hemingway  en 'El viejo y el mar' te tendrían atrapado, supuse yo. Pero cuando ya me iba, hiciste ademán de tocarme un hombro. Me volví, me miraste.

- ¿No tendrás por casualidad algo de cinta adhesiva?

Las suelas de tus zapatillas estaban rotas, a punto de confundirse entre toda la hierba del parque. No había mejor manera de llamar tu atención... ¿o sí?

- No, pero tengo un corazón... ¿te vale?

Y entonces supe que había dado con el loco perfecto con el cual invertir el resto de mis días.

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